«No sé qué acaba de pasar»: agredidas en la adolescencia

Foto y texto | Dani Logar
Publicado en Transversal en marzo de 2020

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Las niñas y adolescentes son víctimas de agresiones machistas. Pero en España no hay datos globales ni atención mediática. El machismo opera de igual modo en mujeres adultas y en menores de edad. «Los mecanismos son muy iguales, muy similares. Yo no veo diferencia entre el adolescente que le abre el WhatsApp a la novieta y el marido controlador que te dice que no puedes estar en redes sociales o que a esa reunión de trabajo tú no vas porque no va a ir él». Apuntala Beatriz Martínez, psiquiatra del Hospital Niño Jesús de Madrid y colaboradora de la web mehanviolado.com.

A su consulta llegan adolescentes con patología mental grave. Son chicas en su mayoría, a quienes ayuda a «generar un cambio a través de la propia narrativa del paciente». No da consejos: ella es psicoterapeuta. «No vamos a decirle a la gente lo que tiene que hacer. Porque eso tampoco ayuda. Al final lo que hace esta persona es que no vuelve a tu consulta». Habla con la velocidad de la experiencia.

Beatriz Martínez Núñez, psiquiatra de niños y adolescentes

El Estado tiene un déficit en atención y cuidado de mujeres víctimas de violencia machista. Son iniciativas particulares –como mehanviolado.com– y asociaciones privadas con financiación pública las que reciben a la mayor parte de estas mujeres. Los informes sobre agresiones machistas a chicas menores de edad en España no existen. Asociaciones como ASPASI o CAVAS trabajan a nivel autonómico en Madrid y comparten espacio con organismos públicos como el CIASI o el CIMASCAM.

La violencia machista en la calle

Sobre el cuello de Paula cuelga el símbolo del feminismo

Carabanchel. Era medio día y brillaba el sol. Paula tenía una hora libre en el instituto y volvía a casa mientras se cruzaba a mucha gente en el camino, «así que no es una típica agresión de estas que ocurren por la noche en una calle solitaria». Fue cruzando el semáforo que la separaba de su casa cuando «unos chicos –dos chicos, concretamente– parados, esperando en su coche a que cambiase el semáforo, me gritaron cosas desde el coche. Y llegaron a bajar la ventanilla y a abrir un poco la puerta».

Piensa las palabras y lo cuenta con entereza. «Sentí bastante impotencia. Sobre todo, estaba bastante asustada porque me encontraba completamente sola. Y más que nada porque era un coche y tenían esa herramienta». En los segundos que se extendió la agresión en el semáforo, la calle –una calle abierta y de gran tránsito diurno– se había vaciado, por lo que se quedó sola frente a los agresores. «Yo iba con ropa deportiva porque ese día tenía deporte en el instituto. Y llevaba una especie de mallas. Total, que me gritaron algo así sobre cómo se me marcaba el culo, qué me iban a hacer o… Bueno, qué me harían».

Aceleró el paso cuanto pudo y a la impotencia pronto se sumó la inseguridad y la vulnerabilidad. «Me sentía muy impotente. Y muy sola. Como que no podía controlar nada. Eso me hacía sentir muy pequeña». El regreso al centro escolar, un tramo de apenas 15 minutos a pie que repetía cada día, se convirtió en un acantilado. «Me planteé mucho el volver al instituto porque no era capaz de salir en ese momento. Y menos, sola».

Sin embargo, la situación de pánico no acabó al llegar al centro de estudios. «Quise refugiarme en algo o alguien. Se lo conté a unos compañeros y amigos de clase, y no sé qué fue peor: si llegar y escuchar lo que tuve que escuchar o la misma agresión». Paula cuenta que, en vez de culpabilizar a sus agresores, la culpabilizaron a ella. «Que era normal que un tío le dijera a una tía por la calle… Si le gustaba, que era normal que se lo dijera».

Esa misma tarde, comentó con algunas amigas lo que le había ocurrido y «fue totalmente distinto». Aunque no con todas «porque alguna cayó en el “es normal, nos suele pasar”». La joven explica que las chicas que asumen ese pensamiento no son directamente culpables porque el origen de la opresión es la sociedad misma. Antes bien, esas chicas son «víctimas del poder que ejercen los chicos». Retoma con cierto alivio: «Todas concluyeron en que lo compartían porque encima lo habían vivido y, por supuesto, me apoyaron».

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Beatriz Martínez explica la complejidad de este tipo de agresión y la manera de darle la vuelta al sentimiento de pequeñez. «Hay momentos en los que por desgracia el no callarse es un riesgo. Porque no es lo mismo que un bobo en una parada del autobús te diga: “¡Oye, maciza, te comería…!” o estas burradas… que en mitad de la calle donde vivo yo, por detrás, que de madrugada no pasa ni Cristo. Ahí apretaría el paso, cogería el móvil e intentaría ver dónde tengo la llave para, en cuanto llegue al portal, abrir».

La impronta del agresor va a permanecer en la chica. Y, ante esto, el trabajo terapeútico se tiene que centrar en hacer comprender a la víctima que lo que hizo «era lo mejor que podía hacer». Beatriz remacha: «La realidad es que hacerlo de otra manera a lo mejor hubiera sido fatal. Por desgracia todavía tienes que educar un poco en que hay que protegerse porque no tienes siempre capacidad de defenderte».

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«No quiero tu piropo, quiero tu respeto» en el Día Internacional de la Mujer Trabajadora 2018

El episodio de los chicos, la calle y su vuelta a casa no es el primero ni el último en la vida de Paula. Meses antes ya se había enfrentado a agresiones verbales, «radiografías» visuales e incluso persecuciones. Meses después poco ha cambiado.

Consciente de la magnitud de la situación y del modus operandi de los agresores, pronto comenzó a formarse en feminismo. «Es un trabajo desde abajo», resume con firmeza y sosiego. Y detalla: «En caso de escuchar, ver, formar parte de algún tipo de agresión o simplemente comentario… Corrigiendo esas actitudes machistas».

Mientras tanto, hay una pregunta que siempre resuena en la mente de cualquier chica agredida: ¿qué hacer si se volviera a repetir la situación? La carabanchelera valora dos líneas de acción: el trabajo colectivo para que no vuelva a sucederle a otras chicas y la autodefensa.

«¿Te
das
cuenta
de
que
todo
el
tiempo
he
hablado
de
defenderme?
¡Qué triste!».

Paula tenía 17 años en el momento de la agresión. Ahora tiene 18.

La violencia machista en la relación

Nerea a través de Skype

Nerea estaba pasando una mala temporada tras una relación sentimental con un chico que la había engañado. Estaba estudiando fuera de su Logroño natal y llegó él. «Lo conocía y tal, pero sin más. O sea, nunca habíamos hablado mucho… Y, cuando vio que estaba mal con el otro, pues empezó a hablar conmigo y a preocuparse por mí hablando bastante. Al principio, súper atento. Hablando un montón, súper majo». 

La primera señal de machismo llegó al poco tiempo, cuando todavía «no éramos nada». Esa tarde la había pasado de compras con una amiga y, cuando habló por teléfono con él por la noche, le contestó «súper borde» porque –dijo él– «no me has hecho caso en toda la tarde». En ese momento, Nerea se sintió culpable. «Y eso fue antes de empezar».

No olvida el día que estaba estudiando en la biblioteca para los exámenes de la universidad. Tan solo llevaban tres meses saliendo. «Y me dice: “¿Dónde estás?”. Y yo: “Nada, en la biblioteca, estudiando”. Y me dice: “No me lo creo, a ver”. Y tuve que coger, como una imbécil, y grabar un vídeo de que estaba en la biblioteca. Se lo mando y me dice: “Lo has grabado demasiado rápido. Igual hay alguien que se ha escondido detrás de ti”».

A los pocos días, la escena de él «diciendo burradas» por WhatsApp se volvió a repetir, hasta que Nerea se enteró de que había ido a su ciudad a verla. «Pues claro: cuando vino y le vi, no me hizo ninguna puta ilusión». 

Sus amigas y amigos se dieron cuenta antes que ella de los efectos de aquello. Un día en clase rompió a llorar. Sus estudios se resentían y aquel chico lo invadía todo. Ella quería irse de Erasmus y la negativa de él a que estuviera tres meses en otro país era una piedra más. Había dejado de ser ella delante de sus amigos. «Siempre que quedaba, tenía que estar él delante», lo que la condicionó y lastimó en silencio. «Quedar con mis amigos y estar ahí… pues riéndome y haciendo el tonto, tomando un par de cervezas y tal. Y que él me diga: “Cállate, que me das vergüenza”. Delante de mis amigos. Y, claro, yo al final cuando estaba con mis amigos pues no era yo. Pues casi no me reía, casi no hablaba».

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La normalización del control da cuenta del aislamiento emocional y la subordinación de la víctima. «Al final parece que es valor añadido que un novio o noviete o rollete o llámalo ‘x’ no te mire el WhatsApp. Es como: «Mira, eso no es valor añadido, eso es lo que se espera de una pareja que respete tu espacio, que respete tu intimidad». Beatriz insiste con alucinación en que estas conductas no deberían ser tomadas como puntos positivos de una relación: «[Chica:] “Es que es el primer chico que he tenido que no me ha pedido el móvil para ver con quién me whatsappeo“. Y es como: «Pero estás valorando algo que no es valorable, que es de facto, que es de hecho».

La psiquiatra va más allá en el análisis del intercambio de roles de género. Porque el machismo se aposta y aprieta con su propio lenguaje: «Entonces te pones a explorar y te das cuenta de que ella ve normal que un chico se preocupe. Y te cuide. Es como: “No, mira, no te tiene que cuidar nadie. Eso no es ni siquiera cuidarte, eso es controlarte”».

Su consulta médica es el reflejo de una sociedad con unos niveles bajos de tolerancia al machismo y a las relaciones de poder. Está normalizado.

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«Había una vez una princesa que se salvó sola. Fin» en el Día Internacional de la Mujer Trabajadora 2018

Nerea se explica rápido y sonríe al final de cada respuesta. La relación con aquel tipo duró trece meses. De culpas, de tensión, de subordinación y de apropiación. No era consciente: «Yo no sentía que estaba sufriendo, que estaba dejando de hacer cosas. Por lo menos yo no me di cuenta hasta el final».

El final fue un concierto de su grupo favorito. Desde el momento en que se enteró de que iba a tocar en España, buscó entradas para asistir. Él: «No te vas a ir a Barcelona sin mí». Ella: «Joe, pues chico, vente conmigo». El sentimiento de inclusión de Nerea hacia el chico empezó a desaparecer. Olvidó Barcelona cuando se enteró de un festival de tres días en Galicia, donde tocaba su grupo y «me compré la entrada sin decirle nada, pensaba irme con una amiga». Como Nerea empezó a romper la dinámica , la respuesta de él fue que todo era una prueba para ver cómo reaccionaba ella, para ver si le importaba más él o el festival.

«Hostias, ¿voy a dejar de hacer algo que realmente quiero porque un chaval me diga: “es que no puedes ir sin mí tres días”, “es que no me fío de ti”, “qué vas a hacer”… después de estar un año demostrándole todos los días lo mismo?». Su liberación llegó en forma de festival, «y me lo pasé de puta madre».

Nerea habla en presente y reconoce que vivió una relación machista que la absorbió y la transformó. A pesar de todo, aprendió ella y eso sirvió para que aprendiera su grupo de amigas. «Después de saber lo que me ha pasado y tal, ya son más conscientes ellas. Y creo que, si les pasa algo, va a ser como: “¡Eh! Que a Nerea le pasó esto”». No ha perdido el humor: «¿Por qué no me dijisteis algo antes, cabrones?».

Nerea tenía 19 años en los meses de la relación machista. Ahora tiene 21.

La violencia machista en el sexo

Se lo regaló su madre. Simboliza el Sol y va siempre con ella

A Raquel la han violado en pareja en varias ocasiones. La primera vez, cuando tenía 13 años. «Era virgen. Y no me apetecía tener relaciones sexuales porque no sé… mi sexualidad no estaba muy formada. Y entonces él sí quería, porque era mayor que yo y no sé…». Ágil y sin perder ritmo, Raquel cuenta cómo aquel chico –mediante manipulación, chantaje y agresiones físicas– consiguió que tuvieran sexo todos los días, aunque ella no quisiera.

Esa relación duró dos años. Días en que tenía que vestir como él quería, salir con quien él quería, controlar su teléfono móvil y estar a plena disposición de él. «Y cuando pasaba algo… por ejemplo, me iba a un cumpleaños de un amigo o algo, pues él se enfadaba y me acababa dando de hostias». 

Consiguió salir de esa relación.

Al poco tiempo, conoció a otro chico. Noche entrada en Guadarrama; era la segunda o tercera vez que quedaban. Pasearon por un bosque cercano a la casa de ella hasta que él sacó el tema. «Y yo le dije que no me apetecía tener relaciones sexuales. Y él siguió insistiendo, insistiendo, insistiendo… Estuvo como literalmente dos horas insistiendo». Él pasó de las palabras y «empezó a quitarme la ropa así, porque le dio la gana». Raquel se resistió, no paró de decir que no quería. «Él tiene mucha más fuerza que yo, ¿vale? Ya no es por el estereotipo, pero sí: ese tipo tiene muchísima más fuerza. Yo, nada de fuerza».

Trata de recordar cuanto sintió durante la violación y se acelera: «No me estaba dando cuenta, estaba medio en shock y medio que no entendía nada. Estaba como: “No sé qué está pasando, voy a decirle que pare”. Porque en mi cabeza era como: “Vale, pues le dices que pare y para. Ya está. Es tu amigo, os lleváis bien, pues no va a seguir”. Y ya está. Así todo el rato. Fue como: “No tengo ganas de hacer esto, no tengo ganas de hacer esto, no tengo ganas de hacer esto”. Se lo digo y no le importa lo que yo diga. Ya está. En mi cabeza era algo como entre shock, confusión y “¡No tengo ganas de hacer esto! ¡No tengo ganas de hacer esto! ¡No quiero hacer esto!”». 

Ella se retorció de dolor. «Y entonces acabó y dijo: “Me voy”. Y se fue. Y me dejó a mí, así, medio en bolas, en medio del bosque a las tres o cuatro de la mañana. Y se llevó mis llaves de casa».

Raquel no fue consciente en ese momento de que había sido violada. «No, no, no, no. No, para nada. Al principio no entendía nada. Estaba como: “No sé qué acaba de pasar”. Pero para nada. Y tardé bastante en ya entender lo que había pasado». Él le dijo que no se tendría que haber dejado, que él estaba borracho, que no sabía lo que hacía y que se tendría que haber resistido. Y rió: «Buah, como ahora estés embarazada, me voy a reír». Y lo estuvo.

Dejó de hablar con él y abortó con la sola ayuda de su médico.

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Una violación sexual es un hecho traumático, pero «no tiene por qué suponer un trauma». Beatriz deja claro que cada persona y cada sociedad tiene una capacidad de resiliencia diferente. «Si eso [el peligro] te lo han contado muchas veces, acaba formando parte de tu realidad. Entonces, cuando pasa, ni siquiera te traumatizas». Entender la violación como una sucesión de acontecimientos sobre una base de causa-efecto es un error extremadamente recurrente. «Porque a veces la gente se piensa que las víctimas son como de cristal», pero lo cierto es que «hay víctimas de agresiones sexuales que son muy fuertes».

La violencia está envuelta en mitos y la violencia sexual –además– está plagada de prejuicios y disquisiciones morales. El desplazamiento del foco inculpatorio de la víctima al victimario sigue siendo un sueño para muchas profesionales como Beatriz. Solo así se entiende el dañino abordaje mediático de violaciones como las de Diana Quer o la chica de los sanfermines.

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«Nos queremos vivas. Nos queremos libres» en el Día Internacional de la Mujer Trabajadora 2018

Raquel mantiene la compostura y se expresa más despacio, como si al hablar de ello reviviera las etapas de la agresión. Tiene grabado en la mente el 17 de junio de 2016, día de la violación. Así como el hecho de que «no soy ni la primera ni la última a la que [ese chico] se lo ha hecho». Ahora siente rabia y compañerismo. «Tuve que deconstruirme bastante en entornos feministas que dejan claro que una violación no es simplemente que venga un desconocido y, a punta de navaja, te viole. Es básicamente cualquier relación no consentida». 

Identifica una vía de trabajo contra las violencias machistas en su día a día: «En los colegios, ya que estás, en vez de darles unas veinte mil charlas sobre “no fuméis marihuana”, pues deja un espacio a una charla de violencia… violencia en general, pero que también se toquen los temas de violencia machista, de violencia sexual y de todo lo que hay ahí». 

Raquel tenía 15 años en el momento de la última violación sexual. Ahora tiene 16.

Cómo te cuentan la historia

Obra plástica en el muro de John Lennon (Praga, República Checa)

El Observatorio de la Violencia de Género se creó en 2005, en los albores y en la estela de la LO 1/2004 de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género. Entre otras actividades, recopila «noticias, legislación, información estadística y documentos relacionados con la erradicación y la prevención de la violencia de género». Sin embargo, el espectro de violencias de género ejercido contra mujeres menores de edad nunca ha sido estudiado en su magnitud y, por tanto, no forma parte de las memorias y boletines estadísticos del Observatorio. Tan solo hay mención a las jóvenes cuando estas interponen denuncias por violencia física o sexual, o cuando son asesinadas.

Para tener un acercamiento al machismo adolescente, hay que irse a buscar los trabajos de organizaciones como la Agencia de los Derechos Fundamentales de la Unión Europea (FRA), que en el último gran informe sobre violencia contra la mujer (2014) revelaba el escalofriante dato de que el 6% de las mujeres de entre 18 y 74 años residentes en España ha sufrido algún episodio de violencia sexual después de los 15 años. Un millón.

Tratando de reconducir los datos, otros documentos como el Barómetro 2017 de la Fundación de Ayuda contra la Drogadicción (FAD) señalan que más de uno de cada cuatro jóvenes de entre 15 y 29 años cree que la violencia de género es una conducta normal en el seno de una pareja. Y, de nuevo tratando de hacer inferencia, la Fundación de Ayuda a Niños y Adolescentes en Riesgo (ANAR) apunta en su Informe sobre Violencia de Género 2016 que, de las 499 llamadas de socorro realizadas por chicas, el 89% de las adolescentes tenía entre 14 y 17 años.

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«La violencia muchas veces es transgeneracional. No tiene sentido tratar a una adolescente a nivel individual sin hacer una intervención familiar». Beatriz ha atendido a adolescentes maltratadas cuyas madres también han estado –o están– en relaciones con mucha violencia. Aunque reconoce que «igual que tengo muchas adolescentes que veo que tienen relaciones muy machistas, tengo otras que se declaran feministas». Ella educa en feminismo a sus pacientes, pero sin mencionarlo: «Es que en terapia algo tan explícito no se suele hacer. Pero en nada, ¿eh? Igual que tampoco hablaría de racismo o de homofobia».

«A una adolescente no puedes decirle: “Mira, estás saliendo con un imbécil” o “Este tío no te viene bien”. A una adolescente, basta que le digas que no puede hacer algo para que lo hagas muchas veces más». Por eso, si consigue que fragüe la idea feminista de que ellas son personas y no tienen que permitir que las traten como cosas, la autocrítica hacia lo que están viviendo viene sola.

Beatriz no quiere que acabemos psiquiatrizándolo todo. Antes bien, que entendamos que «la manera de sobreponerte a toda la mierda, a todas las desgracias que te pasan día a día es cómo te cuentan la historia. Porque nadie somos como hechos desnudos. O sea, tu biografía es la historia que tú te has contado. Porque nadie recuerda las cosas en función de hechos objetivos: son todo cosas emocionales». Los bucles de preguntas y suposiciones no ayudan en absoluto. Beatriz concluye: «Si esto no va de olvidarlo… Va de sobreponerte para poder seguir ocupándote de otras cosas».