Raúl Cimas: «Hay que llegar a lo más hondo de tu estupidez para entender el problema»

Texto | Clara Arias y Dani Logar
Foto | Dani Logar
Publicado en Transversal en diciembre de 2019

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Raúl Cimas (Albacete, España, 1976 | @picuetin) es un humorista de lo absurdo, parte esencial del famoso «cuarteto de Albacete». Han llovido años desde sus primeros monólogos en Paramount Comedy y sus papeles en La hora chanante, allá por 2001, pero su humor no caduca y su risa se mantiene fresca. De sus manos han salido —y por sus manos han pasado— guiones de teatro, cine y televisión, y desde 2017 surca la ola como colaborador de Late Motiv, el programa de Andreu Buenafuente. Nos recibe en su casa de Madrid, junto al río Manzanares, en las últimas tardes del verano. Conversamos con él para conocer mejor a la persona detrás del humorista y para averiguar el porqué de su nuevo libro.

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PREGUNTA. En ocasiones, haces referencia a tu infancia. ¿Cómo eras de pequeño?

RESPUESTA. Mi madre dice que era muy malo. Se repite muchas veces: el primero sale muy bien y luego llega la maldición. Mi hermano Jesús se ve que era muy bueno. Había veces que a lo mejor creían que le había pasado algo, de lo poco que lloraba. Y que, cuando yo llegué, se acabó la paz allí en la casa. Mi hermano dice que abría los armarios y sacaba todo, y luego me iba corriendo. Disfrutaba haciendo el mal. Claro, en pequeñas dosis.

P. Y ahora que has crecido, ¿lo haces en grandes dosis?

R. El mal, sí. En grandes dosis, no. Lo sigo haciendo en muy pequeñas dosis, sigo haciendo las pequeñas travesuras. Yo creo que las tenemos que hacer todos.

P. Es un derecho.

R. Sí, sí. Mentir una vez. Aunque sea:

—¿Qué has comido?
—Filete.

Aunque no sea verdad. A un vegano:

—¿Qué has comido?
—Un cochinillo.

Y a lo mejor te has comido una crema de verduras.

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P. Te licenciaste en Bellas Artes junto con Ernesto Sevilla y Joaquín Reyes. ¿Cómo fueron aquellos años? ¿Compartíais piso?

R. No. De hecho, no me licencié tampoco. Yo no sé si Ernesto la ha acabado, a mí me quedan dos asignaturas. Y Joaquín iba no sé si un año o dos por delante.
Entonces Ernesto y yo sí que coincidimos. Claro, compartimos habitación en una residencia universitaria con otro compañero. Y luego Julián y Ernesto sí que vivieron juntos un año. Joaquín vivía con el Borra [Enrique Borrajeros], que es el que te digo que hacía los dibujos y las canciones.

P. ¿Y cómo fueron aquellos años en que se iba fraguando el cuarteto de Albacete?

R. Eso surgió en Madrid, en realidad. A Ernesto le dan el trabajo en la Paramount y entonces le contratan de guionista, porque tiene la función de buscar cómicos, buscar gente que se atreviera a hacer comedia, monólogos… Y Ernesto, pues en una mezcla de amistad y locura (y de vaguería, de no buscar más), pues dijo: «Llamo a mis amigos, les busco un trabajo, les doy dinero, y ya no tengo que quedarme yo por ahí buscando a otra gente». Y así es cómo surge. Y luego llega Joaquín y le ofrecen hacer La hora chanante, un programa de sketches, que era una frikada increíble.

P. ¿Y en qué momento o cuándo te diste cuenta de que eras gracioso, que la comedia era lo tuyo?

R. Supongo que sí, que soy gracioso. No creo que sea esa la clave. Creo que siempre me ha gustado reírme. Mucho más que ser gracioso. Y he sacrificado muchas amistades de gente que merecía mucho la pena por otras personas que no merecían mucho la pena, pero que eran muy graciosas.
Pero he estado en situaciones, con gente muy graciosa. Me gusta lo que más en la vida. Sentarme con unos amigos y unas amigas, y partirme el culo de lo que pueda, de lo que sea.

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P. ¿Por qué la ilustración? ¿Tienes algún referente de la ilustración?

R. Sí, un montón. No sé si me parezco a alguien en concreto, pero me gusta un montón el género. Además, desde niño.

P. ¿Algún nombre?

R. ¿De chistes gráficos?

P. Sí.

R. Pues a mí me gustaba un montón pues… La Codorniz. No porque me pillara a mí en la época, pero que yo la he releído. Y las cosas que hacía Tono y Mihura, ese tipo de dibujos. Gila tiene un montón de dibujos bien hechos. El Jueves me encantaba. Martín Morales. Me encantaba Ham. No sé… el cómic y el dibujo y la ilustración me encantan. Mingote, El Perich, El Roto, Forges… Forges era la hostia. Gallego & Rey. Tengo un montón de libros. Luego te los enseño, tengo la prueba.

P. Dibujaste, creaste Prodigios, un libro de ilustraciones brutalmente disparatadas. ¿Cómo conseguiste convencer al editor? ¿Cuánto tiempo te llevó trabajar en él?

R. Es al revés: es el editor el que me convence a mí de que eso se puede publicar. Esto eran retales de un cómic de algunas historias y que pensé que estos dibujos por si solos molarían. Quería hacer un bestiario medieval, y ahora parece un misal, que también me gustaba un montón el diseño.

P. En este libro hay una constante referencia al año 3000. ¿Cómo te imaginas el año 3000?

R. Ese era el tipo de humor que quería hacer: gente subida en plataformas flotantes, pero lo básico sigue ahí. Son gente en unas plataformas volando. Los encierros de sanfermines, si vienen los toros, pues cada uno en sus plataformas, persiguiendo a la gente, que también va en plataformas. La llegada de la novia a la iglesia, al altar con el padre, pues sería igual, pero con plataformas. Y los niños que le llevan el velo, en otras plataformas más pequeñas detrás.

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P. ¿Cuánto hay de José Luis Cuerda en este libro de prodigios?

R. Un montón de cosas, ese es el humor que realmente siempre me ha fascinado. El surrealismo este… Como empieza Total, que dice: «Esto es Londres». En un pueblo de por ahí, perdido de La Mancha, medio en ruinas. «Esto es Londres», después de una hecatombe nuclear.
Cuando vi Amanece que no es poco, flipé que hubiera una película así, hecha en España, en aquellos años. Es surrealista, ya no tanto por Cuerda en sí, por haber escrito eso —que también—, como por la gente a la que le llegara ese guion por primera vez y dijera: “Sí, veo esto, vamos a hacerlo, vamos a poner dinero y vamos a enterrar a gente aquí”. Gente que crezca en la tierra, y el otro, que está ahorcado y sigue hablando, y el otro: “Me voy a sacar la chorra”.
Claro, como que no funcionó. Recuerdo algunas críticas malas de la peli. Pero luego fíjate, tiene un grupo de fans que se hacen llamar los amanecistas. Esto es de Cuarto Milenio: se hacen llamar los amanecistas. ¡Chán, chán…! ¡Se hacen llamar los amanecistas! Y se van por ahí, por Albacete —porque Amanece, que no es poco está rodada en pueblos de Albacete—, y se van por allí. Y existe la ruta de Amanece, que no es poco. Y esa gente lo lleva haciendo mucho tiempo. Y que eso lo consiga una película es rarísimo.
Qué importante es la valentía. La confianza en que ese disparate que a ti te hace reír y que no se lo puedes explicar a alguien…

—¡¿Con esto qué has intentado decir?!
—¡Nada! He intentado hacer reír, ¡cojones! ¡No busques más…!

Aquí, en España, hay cosas muy buenas en el surrealismo. Javier Poncela es la hostia. Eloísa está debajo de un almendro yo la leí… claro, me lo obligaron en el instituto o en el colegio… y me descojoné, me acuerdo. Era un crío. Es un disparate también…

P. ¿Este libro tiene algún fondo o es pura estupidez?

R. Lo dices como si la estupidez no fuese algo en lo que hay que reflexionar. Tú eres idiota y ¿qué puedes hacer? ¿Dejar de serlo? No, eso no es posible. Lo que hay que hacer es pensar bien qué me pasa. Llegar a lo más hondo de tu estupidez para entender el problema.
A ver, hay cosas que pueden tener un mensaje más grande que otras. El increíble hombre pájaro [personaje de Prodigios], toda su existencia en Instagram… Muchas veces sí que he pensado que un tío que tiene una alas y puede hacer un montón de cosas… pues va y se hace una cuenta en Instagram poniendo fotos: «En la fiesta de no sé quién, apoyando el cine español». Con las alas.

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P. ¿Y dónde prefieres estar? ¿Delante o detrás de las cámaras? ¿Detrás del micro? ¿Con un lápiz en la mano? ¿Dónde te sientes más a gusto?

R. Con un lápiz en la mano a estas alturas ya del panorama, porque al final son muchos años y la comodidad de estar en tu casa, oyendo música que te mola, dibujando, en vez de estar en el tren, pa’rriba, pa’bajo. Luego, una vez que te subes al escenario, yo soy consciente de que nosotros los cómicos tenemos la suerte de vivir una experiencia de puta madre, que es estar en un escenario y que te vea mucha gente. Pero lo de “estar a gusto”… yo, en mi casa.

P. ¿Qué relación encuentras tú entre el arte y la comedia?

R. No lo sé [se abre un silencio de 14 segundos]. No lo sé. Las dos cosas salen de un esfuerzo inútil. El arte tiene —en esencia— intención de perdurar y la comedia muere esa misma noche.

P. ¿Existen para ti los límites del humor? ¿Cómo los sorteas?

R. No. No existen los límites porque el humor no sabes de dónde viene. Eso es ponerle puertas al campo. Una persona puede decir que se siente ofendida por un comentario. Siempre. Y ofender, en cualquier caso, no es delito de ninguna manera. Dices:

—No, yo me siento ofendido.
—Pfff… Chico, pues yo no lo he hecho para ofenderte. Es lo único que te puedo decir. Yo lo he hecho para hacer reír porque esto existe, porque de esto se habla en la calle, porque… ¡O porque me he equivocado! ¡¿Qué quieres que te diga?!

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P. Lo decía Vigalondo eso el otro día: que también podríamos hablar mal del público que se estaba riendo ahí.

R. Me acuerdo de John Cliff. “Hemos visto que a veces haces un humor un poco antisemita”, le dicen, en una entrevista. Y dice: “¡Yes!”. Hace así, como que le ofendía lo corto que se quedaba, porque no era un humor sólo antisemita: también era un humor homófobo, antinegros, antigais, antilesbianas, antipolíticos, antipersonas, antiveterinarios, antiperros, antigatos, antitodo.

—Ese chiste es un poco machista.
—Pues sí. Y tú has hecho hace poco uno feminista, y ya entiendo yo que, cuando dices que le cortarías la polla a no sé quién, ya sé que no es verdad.

O “si te cojo, te mato”. Si nos ponemos así, una madre que le dice a su hijo: “Oye, si te cojo, te mato”… puede acabar en la cárcel.

P. Es un chiste.

R. No llega a chiste: un comentario. Pero, si lo analizas fríamente, lo pones en un tuit y de repente alguien dice: “Una madre amenaza con matar a su hijo”. Pones una música de ¡bam, bam, bam! y la peor foto que encuentres de la señora. La pones así, en blanco y negro, y muy pixelada, como que lleva muchos años sin poder hacerse una foto ni siquiera. Ahí: ¡¡bam, bam, bam, bam!! con la mirada y un zoom a sus ojos: “Amenazó a su hijo con que lo iba a matar”. Si te lo cuentan así…

P. Esa noche abren todos los telediarios así.

R. Si te lo cuentan así, esa señora acaba en la cárcel. “¡Si te cojo, te mato!”. Vamos, ¡mi madre tendría cadena perpetua! Porque no sólo lo decía, sino que alguna vez lo intentó cumplir.

P. ¿Entonces por qué hay polémica?

R. Si a esto se le busca la polémica, no es porque no se entienda. Es por puro aburrimiento, estoy seguro. Por ganas de hacer un poco de show. ¿Tú crees que una persona entra a un monólogo de Rober Bodegas sin tener ninguna opinión mala de los gitanos, ve el monólogo y sale de ahí siendo una persona antigitana? Es imposible, es imposible. Muchas personas dicen: “Es que la gente puede verse influenciada”. Siempre hablan de otra gente. No, no, háblame de ti. Que alguien vaya y lo denuncie diciendo: “Yo era una persona que quería mucho a los gitanos y, después del monólogo de Rober Bodegas, me he vuelto un racista. Y vengo a denunciarlo”. Claro, que alguien diga: “A mí me ha pasado eso”. Pero siempre le pasa a otro.

—Es que la gente se puede ver influenciada.
—Pero tú no, porque tú eres listo y la gente es tonta, ¿no?

Pero si lo entendemos todos, si todos tenemos claro que ese tío hizo unas bromas y ya está. Porque es verano, Trump no escribe…

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P. ¿Qué opinión te merece que haya cantantes de rap o tuiteros que puedan ir a la cárcel por sus canciones, por sus tuits?

R. Que no puede ser. Eso es lo mejor de todo lo que hemos conseguido la humanidad: que la gente pueda opinar lo que le dé la gana, aunque no te guste. Condenar la opinión de otras personas es muy peligroso porque tiene que valer para todo. ¿Y no condenarlo significa estar de acuerdo? No, no. ¿Defenderlo? Tampoco. ¿Defender lo que ha dicho? Pues no. Pues a lo mejor dice cosas con las que estás de acuerdo o no, pero a mí me la suda. Que cada uno diga lo que le dé la gana. Con lo que hay por ahí…

P. Nunca hablas de política.

R. Nunca.

P. ¿Es por alguna razón en concreto?

R. Porque tampoco me motiva. Tampoco hablo de política asiduamente con mis amigos. Me interesan otros aspectos de la vida. Luego también, cuando haces humor político, entras ya en otra categoría, que es la sátira o es… no sé. Parto de la base de que yo no soy una persona que su opinión sea importante.

P. En muchas ocasiones te hemos visto imitar, con más o menos rigor, a personajes históricos, a famosos de actualidad…

R. Ninguno.

P. ¿Ninguno?

R. ¿Rigor? Rigor, ninguno.

P. ¿Qué político te las pone más ahí para hacer humor?

R. Todos. Ha habido situaciones esperpénticas porque también ha habido un malestar muy grande. Rajoy en esos berenjenales en los que se metía hablando, que no significaban nada… Supongo que él mismo también, cuando esté relajado en su casa y vea cosas de esas, se tenga que reír. “¿En qué momento…?”. El alcalde y el vecino. No tiene ningún sentido, y ya está. Pero siempre son cosas humanas que te pueden pasar a ti. O sea, quiero decir, que te líes hablando.
Tampoco consumo humor político. Prefiero ver otras cosas. Veo comedias de Billy Wilder: un desgraciado que tiene un apartamento y se lo tiene que dejar al jefe. Esa situación me motiva mil veces más. Las vidas normales de las personas que tengo al lado que lo que piense Albert Rivera de los lazos amarillos.

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P. ¿Qué precio tiene que tu propio personaje, que tu propia ficción humorística, se llame como tú?

R. Bueno, no sé. Algunos trámites van más rápido. Cuando te están haciendo la tarjeta del Cortefiel, pues a lo mejor dicen: “Raúl Cimas”. Sólo tienes que decir: “Navarro”. O sea, que sólo son ventajas lo que me preguntas. Sólo le veo ventajas.

P. Tu cuenta de Twitter es @picuetin. ¿Qué es picuetín?

R. No sé por qué la elegí. Picueto es una expresión de Albacete. Que te quedas picueto cuando te quedas sobrepasado por algo y, por lo tanto, inmóvil y sin reacción. Ante algo que has visto o te ha pasado. Te quedas picueto. Y no sé por qué elegí eso. Lo mismo por lo que un tío que se llama Álvaro Benítez acaba llamándose Alvarroz: pues porque estaba hasta los cojones.