El valle del Cabriel se seca

Foto y texto | Dani Logar
Publicado en la revista Ecologista en septiembre de 2019

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El murmullo de los manantiales retrocede ante el rugido de las bombas de agua del llano. Miles de pozos merman el acuífero de la Mancha Oriental, uno de los más extensos del sur de Europa, para sostener la agricultura de regadío en la región.

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El paisaje de La Manchuela albaceteña ha dado un vuelco en las últimas décadas. En los años 80, se produjo el boom de la agricultura intensiva en la región con la llegada de nuevos cultivos y sistemas de regadío, y más de 100.000 hectáreas de terreno se convirtieron en maizal. El maíz, junto a la remolacha y la alfalfa, es muy exigente en agua: requiere una media de 8.000 metros cúbicos por hectárea.

Esto llevó a una creciente extracción de aguas subterráneas que sobrepasó los recursos renovables debido al aumento descontrolado de pozos ilegales. En 20 años, la caída de los niveles freáticos está secando fuentes e incluso los aportes de agua subterránea al cauce del río Júcar.

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1. Un aspersor junto a una antigua acequia de riego por inundación, en un maizal de Albacete

La última vuelta de tuerca en el modelo agrícola de Castilla-La Mancha empezó a girar hace diez años: los tradicionales cultivos de secano (viña, almendro, olivar…) iniciaron la conversión a regadío. La situación ha cambiado hasta tal punto que la mitad del viñedo, una quinta parte del almendro y una sexta parte del olivar de la región, se cultivaron de regadío en 2018, según el Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación.

«Los últimos estudios hidrogeológicos de la Confederación Hidrográfica del Júcar han dividido el acuífero de La Mancha oriental. Y en concreto, en la zona del Cabriel se ha considerado una nueva masa de agua subterránea, que se desgaja de la anterior y que se llama acuífero Hoces del Cabriel», afirma Gregorio López, profesor de Política Económica de la Universidad de Castilla-La Mancha y experto en aguas que ha llevado a cabo numerosos estudios para caracterizar los recursos hídricos de los valles de los ríos Júcar y Cabriel. «La realidad es que estos acuíferos están interconectados y cuando la presión —sondeos para hacer pozos y extracción cada vez mayor de agua— sigue en aumento, evidentemente no cabe esperar milagros. El deterioro va a más».

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2. La línea del horizonte, conocida en la zona como La Ceja, dibuja el límite entre el llano y valle

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3. La fuente Nueva, a 705 metros sobre el nivel del mar, fue la primera en sufrir el descenso del nivel freático y se secó en torno a 2001

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4. El pilón de la fuente Nueva, junto a la carretera de descenso al valle, era muy frecuentado por las gentes del pueblo para llenar garrafas de agua

Gregorio explica cómo «los cañones y valles cortan las capas geológicas y favorecen la aparición de fuentes». El agua se filtra en el subsuelo a través de la roca y posteriormente vuelve a la superficie a través de las fuentes y manantiales. Estos aparecen a diferentes altitudes, formando regueros que vierten finalmente a los ríos.

La desaparición de manantiales

El desequilibrio ecológico se presenta con la sobreexplotación de los acuíferos: el nivel freático de las aguas disminuye y las fuentes desaparecen una a una, por orden de altitud. Casas-Ibáñez, al noreste de la provincia de Albacete, es una muestra de la magnitud del problema.

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5. La fuente del Pájaro, a 666 metros sobre el nivel del mar, se secó en el año 2015 y la maleza se ha apoderado del entorno de olmos y sauces en que manaba

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6. En el tollo de Tabaqueros, junto a la aldea del mismo nombre, las campesinas y campesinos construyeron un lavadero y un abrevadero, hoy envueltos en zarzas

Del total de 72 fuentes inventariadas en el término municipal en 2012, más de la mitad se ha secado y el resto ha sufrido una gran merma de caudal. «La fuente Nueva podría tener en tiempos un caudal de dos litros por segundo, que era un caudal muy potente, era un chorro casi, casi, como la bobanilla [muñeca] de una mano», recuerda Gregorio.

El secado de fuentes en la cuenca media del río Cabriel, en la comarca de La Manchuela, es implacable. La Asociación para la Conservación de los Ecosistemas de La Manchuela (ACEM) lleva años documentando y denunciando la extinción de estos manantiales milenarios. En 2018 publicó un vídeo titulado Una tragedia silenciosa para difundir la gravedad de la situación. En los pueblos del llano, cada vez más alejados de la vida en el valle, pocas personas conocen esta realidad.

La competencia en el cuidado y gestión de las aguas y sus ecosistemas está repartida entre el Gobierno central, con las Confederaciones Hidrográficas, dependientes del Ministerio de Transición Ecológica, y las Comunidades Autónomas. La pregunta emerge por sí sola: ¿Qué medios están poniendo para frenar este desastre ecológico? Gregorio López lo explica: «Cuando las Confederaciones Hidrográficas aprueban los planes hidrológicos cada cinco años, para determinar cuáles van a ser los criterios de gestión del agua, en muchas ocasiones, se establecen como en buen estado ecológico determinadas masas de agua subterránea —acuíferos— simplemente por el hecho de que no se disponen de datos sobre los mismos. Eso es una manera irresponsable de decir que no existe el problema».

El artículo 54 de la Ley de Aguas establece que «se podrán utilizar en un predio [tierra] aguas procedentes de manantiales situados en su interior y aprovechar en él aguas subterráneas, cuando el volumen total anual no sobrepase los 7.000 metros cúbicos». De esta forma, la Confederación tiene que autorizar a cualquier persona que quiera abrir un pozo de estas características. «No es ni siquiera autorizar: es darse por enterada de que hay una persona que desea realizar un pozo», matiza Gregorio, y añade: «En teoría, debe haber un caudalímetro, un contador que anualmente verifique si ese pozo ha extraído menos de 7.000 metros cúbicos, cantidad autorizada. La realidad no es así. Los controles brillan por su ausencia y hay incentivos para aumentar las extracciones por encima de lo permitido».

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7. De derecha a izquierda: el pozo entubado de hierro y en cuyo interior se encuentra la bomba sumergible, el filtro —de color rojo— para eliminar sólidos del agua, el manómetro para medir la presión y las tuberías de polietileno para conducir el agua a las parcelas de cultivo

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8. La agricultura de regadío necesita suministro eléctrico, lo que obliga a instalar postes, cables y transformadores hasta los pozos, o sistemas de paneles fotovoltaicos, que están proliferando más recientemente

Así, la bajada del nivel freático de los acuíferos es el resultado de «un chorreo de nuevos pozos», dice Gregorio. Mantiene que «si el acuífero estuviera declarado sobreexplotado, como el de La Mancha occidental, que es el acuífero de la cabecera de las Lagunas de Ruidera y de las Tablas de Daimiel, no se permitirían estos pozos de menos de 7.000 metros cúbicos».

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9. La Cueva de los Ángeles, en el término municipal de Villamalea, es un manantial que aflora en una rambla y cuyas aguas siguen su curso hasta el río Cabriel

Al descenso piezométrico [nivel] de los acuíferos se suma el empeoramiento cualitativo de las masas de agua. El informe Ríos Hormonados, presentado por Ecologistas en Acción en 2018, alerta sobre la presencia de plaguicidas en las diez cuencas hidrográficas analizadas. El informe determina que la cuenca del Júcar es la más contaminada, con el hallazgo de más de 34 tipos de plaguicidas, entre ellos 21 posibles disruptores endocrinos. Los fertilizantes, pesticidas y fungicidas utilizados en la agricultura se filtran en las aguas subterráneas por el efecto de las lluvias y escorrentías. Este deterioro de ríos y acuíferos se ha agravado en los últimos años con la expansión de la ganadería industrial, especialmente la porcina, cuyos purines agravan la situación.

Vida hortelana

La depresión del río Cabriel, conocida en la comarca como «La Derrubiada», estuvo poblada hasta finales de los 60. Desde la llanura se pueden observar las pequeñas casas y caseríos que antaño albergaron vida y que hoy se encuentran en su mayor parte en estado de ruina. Todos estos asentamientos humanos tenían algo en común: se localizaban cerca de fuentes, ramblas, charcas o en el mismo río, y en ellos se practicaba una agricultura de subsistencia fundamentada en huertas y campos de olivos y almendros.

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10. Uno de los manantiales de la huerta de Carreras: tras su nacimiento, el agua se almacena en un tonel y, desde ahí, es conducida a la balsa de riego y a las casas

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11. El culantrillo sólo crece junto al agua y, cuando esta deja de manar, todavía vive unos años más, hasta que la roca pierde por completo la humedad

El agua de las fuentes y ramblas se retenía en balsas, pequeños embalses o azudes y, mediante la fuerza de gravedad, «las acequias la distribuían por cada una de las huertas o de los campos a regar. Siempre se hacían este tipo de obras hidráulicas para que todos los vecinos tuviesen un aprovechamiento igual a la hora de acceder a ese agua», recuerda Quinciano Borja que hoy sigue trabajando de forma tradicional en el paraje de la huerta de Carreras, atravesado por una rambla y bañado por dos manantiales en buen estado, aunque «el caudal ha disminuido un poquito». Él conoce bien esta tierra: «Lo curioso es que los grandes caudales de agua hoy son para unos pocos propietarios, e incluso para uno solo. El uso ancestral era de pequeños caudales para muchos usuarios y, necesariamente, tenían que mimar el agua porque en ello les iba la vida».

La huerta de Quinciano se encuentra en el término municipal de Villamalea, donde nueve de las 27 fuentes inventariadas estaban secas en 2015. Los nacimientos de la huerta de Carreras se encuentran a una altitud de unos 580 metros sobre el nivel del mar y el descenso del nivel piezométrico del acuífero todavía no ha llegado a esas cotas. Quinciano habla de la cuestión de fondo: la agricultura de los «grandes consumidores de agua». «Y lo más grave es que se está haciendo para riegos de cultivos excedentarios. Es decir, cultivos para los que el mercado está saturado», remarca, y remacha: «Somos capaces de emplear recursos escasos para producir recursos sobrantes. Es una cuestión absolutamente incomprensible».

El valle del Cabriel es un monte mediterráneo duro y áspero, excepto en el fondo de las ramblas y al lado de los manantiales. Aquí el agua genera espacios más frescos, donde los pinos tienen troncos más gordos y los frutales son más frondosos. «Toda esta parte de la bajada al Cabriel, o la bajada al Júcar, es un espacio que tiene una riqueza de flora y de fauna muy, muy, muy grande». Enrique pone las palabras despacio. Él y Viridiana cultivan una huerta y conocen la desaparición de los ecosistemas del agua de primera mano.

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12. El aguilucho lagunero es un ave rapaz que habita en zonas de humedales y se puede ver volando a baja altura por el llano y por el valle

Al igual que Quinciano, no provienen de familia hortelana, pero siempre han sentido un cariño especial por estos espacios. Hace 25 años, compraron un terreno en Los Benitillos, un antiguo caserío junto a la desbordante Rambla del Agua. Diez años después, el manantial se secó y las vecinas y vecinos tuvieron que hacer nuevas conducciones de agua desde otros nacimientos. «¡Cuánta agua no vendría, para haber ahí un molino! La goma [conducción de agua] la hemos tenido que echar por el lecho de la antigua acequia de tierra porque, si el agua tuviera que venir ahora por acequia, no llegaría. Hay tan poca que la reabsorbe la tierra», cuenta Viridiana.

«Los cultivos leñosos han sido de toda la vida de secano», afirma Enrique, y continúa Viridiana: «Empezaron con la viña y ahora los almendros. Y espérate que no empiecen con las olivas, que ya da miedo también. Es que un árbol, si lo acostumbras al agua, no se la quites luego». «Es sentenciarlo a muerte», concluye Enrique.

La reciente declaración del valle del Cabriel como Reserva de la Biosfera por la UNESCO no ha cambiado todo esto. Para ACEM, en la practica, «las Reservas de la Biosfera no sirven para proteger un espacio natural, no tienen regulación jurídica real para la conservación».

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13. El huerto tradicional respeta el entorno, la estacionalidad de los cultivos y los ciclos naturales del agua y las plantas

Gregorio también se hizo con un terreno en el valle, donde cultiva un huerto por goteo. El agua nace en una pequeña mina cavada en la roca por los antiguos pobladores, desciende y se almacena en una balsa, y de ahí es conducida y repartida por el huerto con un sistema de gomas.

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14. Desde su nacimiento, el agua puede arrastrar partículas de arena por las conducciones de riego, por lo que es necesario limpiar regularmente la instalación

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15. En la mina, la roca rezuma el agua subterránea, gota a gota, y esta viaja por una tubería —esquina superior derecha de la charca— hacia la balsa de almacenaje de la huerta

La desecación de los acuíferos está acabando con toda una tradición hortícola y cultural de las comunidades que vivían en armonía con el entorno. La mina de la huerta de La Lucera, en la que riega Gregorio, aporta cada vez un caudal más exiguo. Si su futuro es el mismo que el de los nacimientos de agua de su entorno, más pronto que tarde acabará secándose. «La mayor parte de las huertas que aún se mantienen en el valle del Cabriel han tenido que perforar un pozo para disponer de agua», subraya Gregorio. «En todo caso, la mayoría de las casas de las huertas se han venido abajo y están en estado ruinoso. Las huertas del Cabriel, tal y como las vivieron nuestros antepasados, ya han pasado a la historia».